Escuchando el Arte de la Fuga de Bach, pienso en muchas cosas. Es más que un ejercicio de contrapunto tocado en Re menor.
Bisar una y otra vez, avanzar en círculos, volver sobre nuestros pasos, de la misma guisa en que los presos giran en silencio alrededor de un patio, como el caballo que agota sus jóvenes bríos en un amansadero.
La idea de la constante y perpetua repetición. Este devenir sin prisa y sin pausa.
Todo girando alrededor de este sistema de control, esta noción de vigilancia alrededor del poder y el conocimiento.
Siempre estoy escapando, no se bien de que, pero escapo.
Y sigo recordando a Foucault cuando decía que no le preguntasen quien era y mucho menos, que le pidiesen que siguiese siendo el mismo.
Por talante, más cerca estoy de la filosofía del martillo, del escándalo permanente, de la acción realista.
Sabiendo que es absurda mi postura e impracticable, no me conforma el concepto de lo general, tan propio de la filosofía especulativa.
La singularidad del yo se pierde bajo el imperio de un conjunto de reglas validas para todos. Necesito de una ética madura, que haya transpuesto la mediación.
No puedo prescindir, por un lado de la salvación y por otro del pecado.
Peregrino, mendicante, me reconozco, más liante que guerrero, recuerdo el catecismo y me seducen las Postrimerías: muerte, juicio, infierno, gloria.
Uno se imagina a dios, lo crea, lo inventa, le da entidad, para rescatarse y rescatar al universo de la nada.
Tratando de huirle a la apariencia, si no tenemos conciencia eterna, solo queda la cáscara, tan finita y absurda por cierto.
Lo real es signo y causa de aquello que sufre, ama, anhela, se ríe y llora.
Sin dios la conciencia parece condenada. De nada sirve pensar la existencia a los ojos de los grandes místicos, la vida es vivencia.
El amor sin la idea de dios es un contrasentido tedioso.
Lejos estoy de santa Teresa de Avila, de san Juan de la Cruz o de Algazel.
Claro que no me he vuelto un ser al que dios se le ha revelado, pero al igual que Unamuno, creo que los misticos son de lo mejor que dieron las letras españolas, mas allá de los clásicos.
Le pedí a dios, pero no tenia.
Revista Barcelona
23.12.07
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